miércoles, 26 de marzo de 2008

Germán



Germán fue el primer chico del que me enamoré. Locamente, intensamente.
Era un compañero de clase del instituto. Era alto y desgarbado, se parecía a Shaggy de Scooby Doo. Se me caía la baba al verle jugar a baloncesto. Se sentaba tan solo a dos mesas de donde yo estaba y me pasaba las clases mirándole de reojo. Por eso mis notas cayeron en picado.
No hacía otra cosa, no podía pensar en nada más que en él, en sus ojos grises. Me encantaba su pelo castaño claro que caía lacio sobre su cara en un flequillo travieso.
Le dicté a mi hermana Susana unas cuantas cartas de amor, le hice escribirlas porque su letra es muy diferente de la mía y se las di a él, diciéndole que eran de una admiradora suya. Así tenía ocasión de hablar un poco con él, de mantenerle intrigado. Me costaba horrores, pues por aquel entonces era terriblemente tímida, y no tenía nada de experiencia en el trato con chicos pues venía de un colegio de monjas solo para chicas.

Pero otra compañera de clase le chivó que eran mías y él pasó de mi. Y, lo que es peor, se puso a salir con ella. Elsa, ese era su nombre, la única persona en lo que llevo de vida a la que puedo decir que he odiado, lo paseaba ante mi, lo besaba delante mio para hacerme daño. ¡Y vaya si dolía! Me sentía tan mal que deseaba morir. Lloraba cada noche hasta caer rendida.

Tenía una foto de carnet que me había conseguido una amiga que era amiga de su hermana en un marquito con forma de corazón y un folio con su firma (que posiblemente se había inventado mi amiga para regalarme, pero que yo adoraba...) colgado en la cabecera de mi cama.
Consegí su teléfono de la manera más tonta: llamándo a todos los López que vivian en el Paseo Maragall de Barcelona y preguntando por él, una misión casi imposible, pero lo logré.


Hay un momento colgado en el tiempo, imborrable. Fue en una excursión que hicimos al Montseny.

Yo me había sentado justo en el asiento tras el suyo, intentando estar lo más cerca posible de él, como siempre.

Durante todo el trayecto, habían estado poniendo música heavy en el autocar. El paisaje se había ido transformando, dejando atrás la ciudad y ya viajábamos por un bosque muy verde.

De repente, entre un cassete y otro, pusieron la radio. Comenzó a sonar "Sweetest taboo" de Sade.

Él también jugaba a hockey y el día antes le habían golpeado en la cara y roto algún diente. En ese momento se giró en su asiento y nuestras miradas coincidieron durante larguísimos segundos. Sus ojos estaban llenos de dolor. Esa mirada se clavó muy dentro de mi.... supongo que aún sigue ahí. Le amaba hasta el límite de mi razón. Habría dado la vida por él.

Pasaron varios años y, aunque salí con otros chicos y ni siquiera le veía, no podía dejar de amarle. Y eso no pasó hasta que no conocí a Fran.
Debo confesar que le he buscado en internet y siempre trato de encontrar su nombre en las guias que caen en mis manos. Desearía volver a encontrarme con él.... ahora se enteraría de lo que es bueno.

2 comentarios:

jordi dijo...

can't help myself.

supongo que es porque te entiendo del todo.

eres una cosita dulce (entre otras cosas)

besos pequeños,

jordi

SUSANA dijo...

heyyy! no me acordaba de que te había escrito esas cartaaaas! y de la Odiosa con mayúsculas Elsa,con su largo pelo lacio,creo que nunca he conocido a nadie tan engreído como esa tia...tu pide,pide que Germán aparezca..los milagros si que existen.