martes, 3 de junio de 2008

Hermanita




La noche que ella nació, mis padres nos dejaron a mis hermanos y a mi en casa de mi abuela. Era un viernes 13 y en la tele echaban el último episodio de "Ana Karenina". Yo estuve esuchando, desde la parte alta de la litera, que compartía con mi hermana Susana, el famoso final en el que Ana se suicida tirandose a la via del tren, mosqueada porque mi abuela no me dejó quedar a verlo. Yo tenía ocho años.

Cuando trajeron a casa al nuevo bebe, todos estabamos por ella. A mis padres les había dado un ramalazo catalanista y habían decidido que si era niño se llamaría Oriol y si era niña, Mireia. Me hicieron su madrina.

Recuerdo que yo le tocaba canciones inventadas (fatal, por cierto) con una harmónica de color rosa que me habían regalado, para que se durmiera. Era tan chiquita que la bañabamos en el lavamanos del baño.

Mi madre le ponía en su cuna a mi muñeco favorito y a mi eso me repateaba. Había llegado la niña nueva a quitarme lo mio.

A medida que iba creciendo, se iba convirtiendo en una muñequita preciosa y simpática. Le decíamos "¿quién me quiere más?" y ella venía corriendo a nuestros brazos, cogiendo carrerilla con sus bracitos hacia atrás.

Yo le tenía bastante "pelusilla", era la mayor de cuatro y ya parecía olvidada para mis padres, ocupados con los peques, ella tendría tres o cuatro añitos y yo ya entraba en la adolescencia. Un día, estaba leyendo en el comedor y ella no paraba de incordiarme. Cuando ya estaba más que harta, le aticé con el libro en la cabeza. La vi tambalearse, caer y llorar. Me asusté de verdad. Fue en ese momento cuando me di cuenta realmente de que era muy pequeña y yo su hermana mayor, y que debía cuidarla.

Desde entonces procuré estar mucho por ella, interesarme por sus cosas, jugar, compartir, enseñarle lo que pudiera. Cuando llegó el momento, les insistí mucho a mis padres para que la cambiaran de colegio, que no fuera al que fui yo, donde las viejas teresianas no sabían enseñar. Acudía a los partidos de voleybol en los que ella jugaba y me sentía super orgullosa de verla transformarse en una chica guapísima, elegante e inteligente.

Hemos compartido nuestros secretos, es sin duda la mejor amiga que tengo y que tendré jamás. Por supuesto que hemos discutido y hasta peleado como gatas... ¡pero la quiero con locura! Haría lo que fuera por ella.
Es curioso cómo hemos ido cambiando papeles con el tiempo, ella me da consejos y se preocupa por mi, como si fuera la mayor de las dos...

Hace unos años, se hizo novia de un chico ingles, Bill, muy majo y buena persona... y ha terminado yendose a vivir a Inglaterra con él.

Cuando he visto, en el mapa del marcador de visitas, una estrellita en Kent, UK, me he acordado mucho de ella. Aunque viene a menudo a Barcelona, la echo mucho de menos.
No se si se lo he dicho nunca, pero ¡¡Te quiero mucho, Tata!!
(La foto de arriba, Mireia y yo en EuroDisney, 1993. ¡Vaya par de piratiyas! ¡Nos probamos todos los sombreros de la tienda!)

1 comentario:

mery dijo...

me ha encantado la historia de tu hermana!!! algo asi me ha pasad a mi con la mia aunq solo seamos dos jeje

un besito desde el norte ;)